Mavis Staples sonaba en el último tocadiscos decente que había visto en su vida y, aunque más de una vez había dicho que esa música le estresaba, el sentir la vibración del sonido le ayudaba a empezar su día, era como si, al saber que un aparato con 40 años de antigüedad marchaba tan bien, todo el mundo podría hacer lo mismo. Bueno, pues ese día no sería así.
Se levantó de la cama de un salto (había aprendido que esta
era la única forma de hacerlo sin postergar) y se dirigió al baño, mas por rutina
que por ganas. Sentada en el retrete, pensó en 50 cosas, incluyendo el porqué
rayos tenía una rutina en sábado. Se miró al espejo, que le devolvía la imagen
de una mujer hermosa, con la cara limpia, los ojos cansados y la larga melena
castaña completamente enmarañada, cosa que, en cuestión de unas 100 pasadas con
el cepillo grueso, se solucionaría.
Bajó descalza por las escaleras, giró por el pasillo a su derecha,
hacia la cocina, y vio a su marido preparando el desayuno. Él era quien había encendido
el tocadiscos y al único que le perdonaría el despertarla con R&B cada fin
de semana. ¿Cómo no hacerlo? Si preparaba los mejores hotcakes que había probado.
Sospechaba que era el aroma delicioso de la mantequilla y la harina preparada lo
que la había atraído a la cocina.
Una torre de 3 hotcakes redondos y esponjados, coronados con
un cuadro delgado de mantequilla, bañados en media botella de miel de maple, con
un par de huevos y tocino a un lado, y la sonrisa de su esposo, feliz de que lo
había vuelto a hacer; eran el desayuno perfecto.
10 horas después, a esa sonrisa le faltaban 3 dientes,
sustituidos por un flujo constante de sangre y con la amenaza de perder uno más
si recibía otro golpe con la palanca de acero. No lo consideraba necesario, ya
estaba lo suficientemente desgastado, adolorido y confundido como para
reaccionar. Aun así, entre la sangre empañando su vista y la visión doble,
observó lo que le hacían a ella.
Fue un día pesado, juntas virtuales, salida al banco; donde
el cajero, extrañamente, no había apagado la luz de su ventanilla, hasta después
de terminado el trámite; y un escape para buscar el regalo perfecto para el
aniversario.
El 4° aniversario. ‘4’, el número mágico. Lo sabía
perfectamente: ella aceptó ser su novia después de la cita 4, le propuso
matrimonio a las 4 de la tarde, se casaron el mes y día 4; incluso pensaba que tendrían
4 hijos. Tenia que ser un gran aniversario. Pensó en el regalo perfecto, algo mejor
que los hotcakes por las mañanas de sábado, mejor que cualquier cosa que le
hubiera dado antes, una joyería parecía un buen lugar para empezar.
Nunca había entrado a una tienda como esas, el anillo de
boda se lo había dado su madre, no hubo anillo de compromiso. Le sorprendió la
forma en la que lo recibieron, la atención, la amabilidad. Se preguntaba si
esos pobres hombres ganaban lo suficiente por lo que hacían. Uno de ellos, muy
delgado, le mostró el regalo perfecto: un collar de oro con pequeños diamantes,
¿El precio? El precio no importaba, podría endeudarse toda su vida si era
necesario, con tal de verla feliz.
Regresó a casa, un dúplex con salida a la calle, por la que
también ya se había endeudado una cuarta parte de su vida. Entró por la puerta
silbando una tonada que se había quedado en su cabeza, no sabia de donde, ni
porque no había visto hacia los lados para asegurarse de que nadie lo seguía.
Ahora se lo preguntaba. Se preguntaba por qué estaban ahí,
se preguntaba por qué 4 hombres con la cara cubierta habían entrado en su casa,
le habían golpeado con una palanca metálica, y estaban abusando de su mujer. Ninguna
de sus preguntas tenía respuesta. “Naturaleza humana”, escuchaba a su padre, a
la lejanía. Intentó levantarse apoyando sus manos contra el piso, una patada en
el vientre lo obligó a no hacerlo, “¿¡Dónde está!?” uno de ellos preguntó, subiéndose
el pasamontaña hasta la altura de la nariz, dejando ver los 2 dientes
delanteros de un color café bastante nauseabundo, como su aliento. “¿¡Dónde está,
hijo de la chingada!?” preguntó otra vez.
No entendía, no entendía nada. Solo podía ver a su mujer
luchando hasta perder la fuerza mientras un infeliz rasgaba su ropa, a los
otros 2 ya los había perdido de vista. Un enorme coágulo comenzaba a formarse
en su garganta, sabía que pronto terminaría. Lo último que vio, fue a su mujer
utilizando lo poco que le quedaba para arrancar, tan fuerte como era posible,
la máscara de su agresor, llevándose pedazos de piel entre sus uñas. Así fue
como supo que un hombre, no mayor a 22 años, de cara morena y regordeta, estaba
violando a su esposa. Su rostro le daba un aire familiar, aunque no tenía idea del
porqué. Su vista se fue fundiendo a negros al tiempo que oía las sirenas de la policía
acercarse.
-
No mames que ya llegaron.
-
Nunca son tan rápidos.
-
Ya lo sé cabrón, nos pusieron un 4 – ‘4’ el número
mágico.
-
¿Qué hacemos? Esa madre no está.
-
Ni pedo, ella ya te vio, chíngatela. Este ya
valió.
Las sirenas estaban mas cerca, “No, por favor ella no. A mi remátenme,
pero a ella no”.
Mavis Staples, aun girando en el tocadiscos, había dejado de
cantar.
Despertó 4 días después, en la sala de Terapia Intensiva de
un hospital en el centro de la ciudad. No podía hablar, un tubo atravesaba su
garganta, ayudándole a respirar. El ojo derecho, aun inflamado, le daba mínima visión,
a comparación del izquierdo. A pesar de estar relleno de analgésicos, sentía dolor
en cada parte de su cuerpo, ¿Por qué estaba ahí? El recuerdo recorrió su
espalda como un rayo. ¿Dónde estaba ella? Sujetándose con ambas manos de los
barandales de la cama intentó levantarse, una intensa oleada de dolor se lo
impidió, junto con una mano conocida sobre su pecho, era su madre. No hubo
necesidad de que ella explicara nada, lo vio en sus ojos: algo estaba muy mal.
Cada momento era mas tortuoso que el anterior. No dejaba que
nadie se acercara, habían intentado extraer el tubo de respiración sin éxito.
No cooperaba. Tampoco podían sujetarlo, por temor a complicar aun mas la
situación. Solo había una pregunta rondando en su cabeza y el mundo podía seguir
o irse a la chingada, pero solo después de haberla contestado. “¿Dónde esta
ella?”. Su madre, desesperada y con la voz quebrándosele a momentos, no pudo
hacer mas que decirle la verdad:
“Quiero que te calmes, y, después de decirte lo que te voy a decir, dejes que
los doctores te hagan lo que necesitan hacer, necesito que no te des por vencido,
que luches. Te necesitamos con nosotros.
La policía no ha dado con los que lo hicieron, pero siguen investigando, a L…
pues, la encontraron muy mal, no pudieron hacer nada, falleció hijito, falleció…”
Una pequeña bomba atómica había explotado en su estómago. De
pronto, le pareció que ya no estaba en su cuerpo; que veía, desde la esquina
mas alejada de la habitación, a una mujer llorando y tratando de consolar a su
hijo con un montón de frases clichés y sin sentido: “A ella no le gustaría verte
sufrir” (Yo la vi sufrir) “Dios por algo hace las cosas” (Yo lo vi hacerla
sufrir) “Todo va a estar bien” (Yo vi su cara) “Llora, llora todo lo que
puedas, sácalo”.
No.
No había tiempo para llorar, había trabajo que hacer…
Fin de la Parte Uno.