sábado, 17 de abril de 2021

Sin Tiempo - Parte Uno

Mavis Staples sonaba en el último tocadiscos decente que había visto en su vida y, aunque más de una vez había dicho que esa música le estresaba, el sentir la vibración del sonido le ayudaba a empezar su día, era como si, al saber que un aparato con 40 años de antigüedad marchaba tan bien, todo el mundo podría hacer lo mismo. Bueno, pues ese día no sería así.

Se levantó de la cama de un salto (había aprendido que esta era la única forma de hacerlo sin postergar) y se dirigió al baño, mas por rutina que por ganas. Sentada en el retrete, pensó en 50 cosas, incluyendo el porqué rayos tenía una rutina en sábado. Se miró al espejo, que le devolvía la imagen de una mujer hermosa, con la cara limpia, los ojos cansados y la larga melena castaña completamente enmarañada, cosa que, en cuestión de unas 100 pasadas con el cepillo grueso, se solucionaría.

Bajó descalza por las escaleras, giró por el pasillo a su derecha, hacia la cocina, y vio a su marido preparando el desayuno. Él era quien había encendido el tocadiscos y al único que le perdonaría el despertarla con R&B cada fin de semana. ¿Cómo no hacerlo? Si preparaba los mejores hotcakes que había probado. Sospechaba que era el aroma delicioso de la mantequilla y la harina preparada lo que la había atraído a la cocina.

Una torre de 3 hotcakes redondos y esponjados, coronados con un cuadro delgado de mantequilla, bañados en media botella de miel de maple, con un par de huevos y tocino a un lado, y la sonrisa de su esposo, feliz de que lo había vuelto a hacer; eran el desayuno perfecto.

10 horas después, a esa sonrisa le faltaban 3 dientes, sustituidos por un flujo constante de sangre y con la amenaza de perder uno más si recibía otro golpe con la palanca de acero. No lo consideraba necesario, ya estaba lo suficientemente desgastado, adolorido y confundido como para reaccionar. Aun así, entre la sangre empañando su vista y la visión doble, observó lo que le hacían a ella.

Fue un día pesado, juntas virtuales, salida al banco; donde el cajero, extrañamente, no había apagado la luz de su ventanilla, hasta después de terminado el trámite; y un escape para buscar el regalo perfecto para el aniversario.

El 4° aniversario. ‘4’, el número mágico. Lo sabía perfectamente: ella aceptó ser su novia después de la cita 4, le propuso matrimonio a las 4 de la tarde, se casaron el mes y día 4; incluso pensaba que tendrían 4 hijos. Tenia que ser un gran aniversario. Pensó en el regalo perfecto, algo mejor que los hotcakes por las mañanas de sábado, mejor que cualquier cosa que le hubiera dado antes, una joyería parecía un buen lugar para empezar.

Nunca había entrado a una tienda como esas, el anillo de boda se lo había dado su madre, no hubo anillo de compromiso. Le sorprendió la forma en la que lo recibieron, la atención, la amabilidad. Se preguntaba si esos pobres hombres ganaban lo suficiente por lo que hacían. Uno de ellos, muy delgado, le mostró el regalo perfecto: un collar de oro con pequeños diamantes, ¿El precio? El precio no importaba, podría endeudarse toda su vida si era necesario, con tal de verla feliz.

Regresó a casa, un dúplex con salida a la calle, por la que también ya se había endeudado una cuarta parte de su vida. Entró por la puerta silbando una tonada que se había quedado en su cabeza, no sabia de donde, ni porque no había visto hacia los lados para asegurarse de que nadie lo seguía.

Ahora se lo preguntaba. Se preguntaba por qué estaban ahí, se preguntaba por qué 4 hombres con la cara cubierta habían entrado en su casa, le habían golpeado con una palanca metálica, y estaban abusando de su mujer. Ninguna de sus preguntas tenía respuesta. “Naturaleza humana”, escuchaba a su padre, a la lejanía. Intentó levantarse apoyando sus manos contra el piso, una patada en el vientre lo obligó a no hacerlo, “¿¡Dónde está!?” uno de ellos preguntó, subiéndose el pasamontaña hasta la altura de la nariz, dejando ver los 2 dientes delanteros de un color café bastante nauseabundo, como su aliento. “¿¡Dónde está, hijo de la chingada!?” preguntó otra vez.

No entendía, no entendía nada. Solo podía ver a su mujer luchando hasta perder la fuerza mientras un infeliz rasgaba su ropa, a los otros 2 ya los había perdido de vista. Un enorme coágulo comenzaba a formarse en su garganta, sabía que pronto terminaría. Lo último que vio, fue a su mujer utilizando lo poco que le quedaba para arrancar, tan fuerte como era posible, la máscara de su agresor, llevándose pedazos de piel entre sus uñas. Así fue como supo que un hombre, no mayor a 22 años, de cara morena y regordeta, estaba violando a su esposa. Su rostro le daba un aire familiar, aunque no tenía idea del porqué. Su vista se fue fundiendo a negros al tiempo que oía las sirenas de la policía acercarse.

-          No mames que ya llegaron.

-          Nunca son tan rápidos.

-          Ya lo sé cabrón, nos pusieron un 4 – ‘4’ el número mágico.

-          ¿Qué hacemos? Esa madre no está.

-          Ni pedo, ella ya te vio, chíngatela. Este ya valió.

Las sirenas estaban mas cerca, “No, por favor ella no. A mi remátenme, pero a ella no”.

Mavis Staples, aun girando en el tocadiscos, había dejado de cantar.

Despertó 4 días después, en la sala de Terapia Intensiva de un hospital en el centro de la ciudad. No podía hablar, un tubo atravesaba su garganta, ayudándole a respirar. El ojo derecho, aun inflamado, le daba mínima visión, a comparación del izquierdo. A pesar de estar relleno de analgésicos, sentía dolor en cada parte de su cuerpo, ¿Por qué estaba ahí? El recuerdo recorrió su espalda como un rayo. ¿Dónde estaba ella? Sujetándose con ambas manos de los barandales de la cama intentó levantarse, una intensa oleada de dolor se lo impidió, junto con una mano conocida sobre su pecho, era su madre. No hubo necesidad de que ella explicara nada, lo vio en sus ojos: algo estaba muy mal.

Cada momento era mas tortuoso que el anterior. No dejaba que nadie se acercara, habían intentado extraer el tubo de respiración sin éxito. No cooperaba. Tampoco podían sujetarlo, por temor a complicar aun mas la situación. Solo había una pregunta rondando en su cabeza y el mundo podía seguir o irse a la chingada, pero solo después de haberla contestado. “¿Dónde esta ella?”. Su madre, desesperada y con la voz quebrándosele a momentos, no pudo hacer mas que decirle la verdad:
“Quiero que te calmes, y, después de decirte lo que te voy a decir, dejes que los doctores te hagan lo que necesitan hacer, necesito que no te des por vencido, que luches. Te necesitamos con nosotros.
La policía no ha dado con los que lo hicieron, pero siguen investigando, a L… pues, la encontraron muy mal, no pudieron hacer nada, falleció hijito, falleció…”

Una pequeña bomba atómica había explotado en su estómago. De pronto, le pareció que ya no estaba en su cuerpo; que veía, desde la esquina mas alejada de la habitación, a una mujer llorando y tratando de consolar a su hijo con un montón de frases clichés y sin sentido: “A ella no le gustaría verte sufrir” (Yo la vi sufrir) “Dios por algo hace las cosas” (Yo lo vi hacerla sufrir) “Todo va a estar bien” (Yo vi su cara) “Llora, llora todo lo que puedas, sácalo”.

No.

No había tiempo para llorar, había trabajo que hacer…

Fin de la Parte Uno.

viernes, 31 de enero de 2014

Diario del Sobreviviente: T2: Entrada 1

Batería… 5% y cargando.
Si voy a morir… será luchando.
Bueno… parece que la computadora está bien. Pablo me hizo un favor enorme al regalarme un cargador de su colección, aunque él tiene cables de sobra, sigue siendo un gran favor, después pensaré como pagarle.
Maldición ya han pasado varios meses, creo que más de medio año si no me equivoco, tengo tantas ganas de contarlo todo ahora mismo, pero el trabajo me lo impide, no importa, ya tendré tiempo.
Por ahora lo importante es que la computadora funciona, estoy vivo y sobre todo… ya no estoy solo.


Sigo luchando.

martes, 29 de octubre de 2013

Diario del Sobreviviente: Bonus Post

Bueno pues primero que nada hay que mencionar lo más obvio para evitar confusiones: ESTO NO ES OTRA ENTRADA DEL DIARIO DEL SOBREVIVIENTE.
Supongo que quiero aprovechar este post para darle las gracias a todas las personas que me han leído y muchísimas más gracias a toda la gente que me estuvo siguiendo a los largo de estos meses, espero no haberlos defraudado. Fueron muchas semanas de trabajo duro, y muchas semanas más de hueva, pero a fin de cuentas el proyecto que empezó hace más de medio año me dio una satisfacción muy grande, espero que a mis lectores también.
Y en vista de que al parecer si les gusto esto del diario del sobreviviente, he decidido hacer un pequeño bonus a modo de agradecimiento hacia ustedes que me han seguido a lo largo de este tiempo, de nuevo gracias, y sin adelantar mucho estarán leyendo nuevas cosas mías dentro de poco.
Así que aquí tienen un pequeño fragmento de una historia no contada en el diario del sobreviviente, espero que la disfruten, muchas gracias y hasta pronto.
LA HISTORIA DE JUAN
“Esa pendeja me las va a pagar…” Pensaba Juan mientras recargaba la espalda en la puerta de un vagón del metro.
No tenía ni idea de por qué estaba ahí, si su hermana había enfermado, ¿él que puta culpa tenía?, igual su madre lo había levantado de su siesta de 4 horas para acompañarla. Había sido una noche muy larga, entre drogas y alcohol, la resaca era insoportable, además el tan sólo pensar en lo que había pasado con su novia le daba un dolor de cabeza aun mayor, no importaba, esa misma noche se iba a vengar, claro, en cuanto hubiera tomado lo suficiente para curar su cruda.
Ella en realidad no debía nada: era de noche, él estaba ebrio, la besaba con rudeza excesiva, por más que ella quería quitárselo de encima no podía mover un músculo, el tipo era como un oso, grande y robusto; él bajó su mano hasta que sus dedos se encajaron en el vientre bajo de ella, mordiéndole el labio inferior mientras la besaba provocándole un dolor tremendo en ambos puntos, una lágrima comenzaba a rodar por su mejilla mientras el dolor aumentaba, no tuvo más remedio que soltarle un rodillazo en las partes nobles lo suficientemente duro para que a pesar de estar ahogado en alcohol quedara hincado sujetando lo que le quedaba de bolas, gimoteando con la cara hacia el suelo… eso no se iba a quedar así.
Seguía pensando en esto mientras miraba a la gente dentro del vagón, ninguna mujer atractiva a la cual mirarle el escote o las piernas, ningún idiota chaparro y débil al cual retarlo con la mirada, todo era estúpidamente aburrido. Bajó chocando a propósito con la gente, ni me pregunten para ser sincero yo nunca he entendido a ese tipo de personas.
Media hora después, su madre estaba muerta.
Casi todos en ese lugar lo estaban, habían alcanzado a llegar a la estación cuando los primeros ya bajaban por las escaleras principales, corriendo y cayéndose constantemente, eso de ninguna forma los detenía, esa estación, al igual que muchas otras, terminaron convirtiéndose en salvajes mataderos, la sangre corría cayendo como cascada hacia las vías, no importaba donde estuvieran, algunos pobres inocentes encontraron la muerte dentro de los trenes, no importaba donde trataran de esconderse, los zombies siempre estaban ahí, como animales bestiales y estúpidos, eran depredadores antinaturales, no devoraban a su presa, sólo buscaban dar unas cuantas mordidas antes de pasar con el siguiente, era como si sólo estuvieran interesados en morder lo que se moviera, incluso entre ellos mismos se herían, el infierno ya estaba en la tierra.
El sol estaba en lo alto cuando juan y su hermana lograron salir a la calle, de alguna manera inexplicable habían logrado sobrevivir, el 99% de las personas que estaban en las estaciones y en los trenes murió, el otro 1% por uno u otro motivo había logrado sobrevivir por lo menos a eso, así eran juan y su hermana, un simple error estadístico, la excepción de la regla.
Habían corrido ya cerca de 2 horas sin dirección alguna, y es que no había lugar hacia donde correr, por todos lados había pasado lo mismo, la muerte los perseguía y parecía que no iba a descansar hasta haberlos alcanzado. El terror fluía por sus venas haciendo que sus músculos dieran el 200%, necesitaban encontrar un mejor posición a la que tenían. Fue después de un par de calles que pudieron ver la ladera de un cerro que parecía despejado. Puede que Juan fuera un idiota, pero hasta él supo identificar la oportunidad que tenía frente a él, tomaron un segundo para respirar dentro de una accesoria abierta donde el fuego había devastado todo, el aliento les faltaban y los músculos adoloridos no soportaban más. “Solo un poco más y la voy a librar”  se repetía mentalmente Juan, mientras su hermana seguía en shock, no podía creer lo que estaba pasando, no podía creer lo que le habían hecho a su madre, solo atinaba a poner su mirada fija a un punto indefinido y a repetir en voz muy baja pero presionada por la falta de oxígeno, “se la comían, viste como se la comían, se la comían y a nosotros también nos van a comer”.
Caminaban tan rápida y silenciosamente como les era posible, a cada cuadra pegaban su espalda a la pared y revisaban que nadie, o más bien nada, estuviera esperándolos, así que no tardaron mucho en llegar al pie del cerro y empezar a subir, por ese lado aun había una calle que subía un par de metros antes de llegar a terreno plano terminado con una barda, al otro lado, su meta.
Unos metros más, todo iba perfecto, llegando a la barda ya sabrían que hacer para cruzarla, solo había que llegar ahí. La pared se levantaba 3 metros sobre ellos, tal vez si él la cargaba podía llegar hasta arriba y ahí encontraría la manera de subirlo a él, parecía simple, con un poco de suerte todo saldría bien, lástima que esa suerte era justo lo que les faltaba. Horas antes una mujer subía aterrada las escaleras de su casa, su marido la perseguía tratando de morderla, llegaron a la habitación principal y sin tener un lugar más a donde ir, el empujón de él fue tan fuerte que atinaron a salir los 2 disparados por la ventana arrojando pedazos de vidrio que daban hasta la calle. Un par de horas después Juan y su hermana caminaban lo más sigiloso que les era posible para poder llegar a la barda, estaban tan atraídos por ella que nunca se dieron cuenta donde pisaban, fue cuando él pisó un vidrio roto provocando un sonido agudo que fue fácil de escuchar por toda la calle y por todos los zombies de los primeros metros de esa calle. Así fue como antes de que se dieran cuenta ya estaban acorralados por ellos, al principio eran 6, pero no tardó mucho antes de que fueran 15, los habían rodeado por completo y no parecía haber escape posible, la desesperación de Juan se le notaba en los ojos mientras los de su hermana se inundaban en lágrimas. Él la abrazo tan fuerte como pudo, “todo va a estar bien” dijo, justo después de eso… la empujó con todas sus fuerzas contra ellos.
Ella dio un giro antes de estrellarse de frente contra un tipo de unos 30 años, Juan supo que solo tenía una oportunidad, corrió tan rápido como pudo en la misma dirección en la que había arrojado a su hermana, y poniendo el hombro hacia el frente empujó tan fuerte como le fue posible, por un momento pudo escuchar y sentir un crujir de huesos, era la espalda de ella partiéndose por la mitad, con su cuerpo había creado un escudo humano que le dio la ventana para poder salir de ahí. Siguió corriendo sin mirar atrás mientras su hermana era devorada aun con vida, “uno vivo es mejor que ninguno” repetía para sus adentros.
Un par de cuadras más adelante girando la esquina encontró una simple pared de malla que no le fue difícil brincar, lo difícil fue empezar a subir, la pendiente era demasiado inclinada y el cansancio lo había minado por completo, tardo más de 2 horas en poder llegar a un punto más o menos plano en donde descansar, ni si quiera se había podido acomodar a la sombra de un árbol seco cuando oyó pisadas lentas que se dirigían hacia él, se trataba de un tipo de mas o menos su edad, en la ropa llevaba manchas de sangre seca y la mirada perdida, era obviamente un zombie, debía matarlo tan rápido como le fuera posible antes de que sus amigos se le unieran, esperó un momento a que el otro se distrajera para intentar taclearlo, ya abajo le rompería la cabeza con una piedra o a base de puñetazos, pero apenas empezó a correr, el sujeto se percató de su presencia y en lugar de atacarlo, comenzó a correr en dirección opuesta haciendo círculos, la curiosidad hizo que Juan corriera más rápido y lo alcanzara, cuando lo vio solo encontró una manera de saber si estaba o no infectado: ¿Cómo te llamas? Preguntó.
Estando cansado lo hacía caminar, “¿quién se cree el pendejo este?” pensaba para sus adentros mientras no dejaba de escuchar irritado lo que su compañero tenía que decir, lo que le irritaba aún más era que a él también le preguntara cosas. Poco a poco tuvo que tratar de explicar cómo es que había llegado ahí, aunque casi todo eran mentiras, hasta dijo que les había aventado un perro para sobrevivir, por un momento recordó a su hermana y siguió caminando.
El resto del camino ya fue explicado, intentaron llegar a la casa de Juan, de la que por cierto también había mentido al decir que era de sus tías.
Caminaban sobre la banqueta de una calle que media cerca de unos 600 metros, estaban a punto de llegar a casa, más bien, él estaba a punto, una vez dentro de la casa mataría a su acompañante, no sabía cuánto tiempo iba a durar la comida de la despensa y alimentar 2 bocas era demasiado esfuerzo, mejor matarlo e incluso podría usar su carne para alimentar a  los zombies y que así lo dejaran en paz. Unos cuantos metros más y listo. fue cuando algo lo hizo voltear, algo en el suelo, una vibración, volteó hacia la entrada de la calle y lo vio: tenia forma más o menos humana, aunque no era un hombre, se trataba de una sombra de unos 3 o 4 metros de alto, el grueso cuerpo se encorvaba en sí mismo haciéndolo caminar jorobado, los planes habían cambiado, era hora de salir de ahí, pero primero debía deshacerse del lastre que traía a su lado desde la tarde, estaba distraído así que eso lo haría más fácil. Un puñetazo bien colocado debajo de la costilla fue suficiente para dejarlo tirado, había servido a su hermana en bandeja de plata, hacer lo mismo con un desconocido no le provocaba conflicto, ya empezaba a correr en dirección a la que se dirigían, y entonces la vio.
Era ella, su novia, parada frente a él, por un momento se le olvido el mundo, tenía a alguien con él y eso era lo único que importaba, un beso, solo un beso y también la dejaría morir a su suerte.
Lo que no sabía, es que ella ya estaba muerta. Un par de horas antes su hermano menor le había encajado sus pequeños dientes en el tobillo convirtiéndola poco tiempo después, se quedó ahí, esperando.
Un beso y eso sería todo, pero los planes del destino eran muy diferentes, se acercaron lentamente, sus labios casi rozaban, solo un beso. Ella abrió la boca dejando asomar un aroma agrio y penetrante, sujeto con sus dientes el labio inferior de Juan hasta arrancárselo, ni siquiera lo dejó moverse cuando sus dedos se clavaron en su miembro haciéndolo sangrar enseguida, de su boca ensangrentada surgió un chillido similar al que hacen los puercos cuando los están matando, en el suelo comenzaba a formarse un charco de sangre, orina y mierda. Quedo tirado siendo un montón de carne ensangrentada que apenas y podía moverse, y eso hizo al levantarse unos minutos después.
Juan murió una noche junto con millones de personas, murió descubriendo algo increíble. El labio inferior mordido, la mano en la parte baja del vientre, además ella no se había ido como los otros, solo había una explicación: algunos zombies son capaces de retener un poco de memoria aun después de convertidos.
El zombie de Juan murió aproximadamente 10 minutos después, sus heridas no alcanzaron a cerrar antes de que muriera por la hemorragia.


DIARIO DEL SOBREVIVIENTE: TEMPORADA 2: NUEVOS AMIGOS…
ENERO 2014

viernes, 17 de mayo de 2013

Diario del sobreviviente: Entrada 19


Batería…75%
A la última entrada le faltaron puntos suspensivos. Ya se los puse.
Batería…69%
Nunca digas que las cosas no pueden empeorar… si pueden, en serio que pueden.
Batería…55%
Trato, de verdad trato, pero simplemente no puedo asimilarlo, es como un sueño, como una pesadilla, trato de pensar que no es real, pero es real. Es real.
Batería…50%
Intentaré recordad todo así en el orden en que pasó, no estoy seguro de que pueda.
Era de madrugada, escribía, sí, eso sí lo recuerdo, escribía.
No sé ni siquiera como fue, oí un ruido, es normal escuchar ruidos en la noche, eso no ha cambiado, pero este era un ruido diferente no sé cómo o en qué, pero era diferente. Me puse la ropa que traía desde hace una semana, incluso tenía un encendedor que no me había sacado de la bolsa desde que me puse el pantalón la primera vez, más una chamarra de mezclilla que más o menos me cubría del frio. Salí del cuarto y me dirigí a la ventana que daba al portón principal, miré a la puerta, mas por instinto que por curiosidad. Abierta… la puerta estaba abierta.
Sentí las bolas palpitándome en la garganta, la parte de mi cerebro que se encarga de mover a mi cuerpo se había desconectado mientras un montón de ideas y preguntas revoloteaban en mi cabeza sin que pudiera concentrarme en  alguna, era como si hubiera metido la cabeza en una nube densa de humo, que no me dejaba ver, ni oír, ni pensar. ¿Cómo había sido posible? ¿Por qué estaba abierta? ¿Me había olvidado de cerrarla? O… ¿Ellos habían abierto? ¿Estaban dentro? Tenía que hacer algo, lo que fuera pero rápido, cerrar la puerta, si eso tenía que hacer, no había visto a ninguno de ellos en varios días, y no tenía por qué ser diferente. Así que sólo cerraba la puerta y listo, todo sería solamente un susto y la lección de no ser tan descuidado la próxima vez. Ya estaba preparado a correr, abrí la puerta y puse un pie fuera de la casa, fue en ese momento en el que la sensación de la garganta volvió, acompañado de un rayo que me atravesaba la columna vertebral por la mitad: Uno de ellos ya estaba cruzando el patio.
Cerré la casa poniendo seguro a la puerta, traté  de tranquilizarme y convencerme de que sólo era uno, corrí tan rápido como pude, tomé el bate y volví a la puerta. El bate cayó de mis dedos temblorosos, me había desconectado de la realidad.
Más bien la realidad se desconectó de mí, era como si estuviera fuera de mi cuerpo, como viendo una película, ajeno al terror y al sufrimiento. Me veía a mí mismo, mi rostro lleno de horror, veía al zombie, buscando comida, y luego otro, y luego otro y así... hasta juntar veinte.
No fueron más que segundos, aunque me hayan parecido años. Reaccioné, si me tocaba morir, por lo menos no se las iba a dejar tan fácil, fui a mi cuarto y levanté el pequeño frasco con orina y sudor de la visita de la casa de atrás, un sonido de vidrios rompiéndose, me dio la ida de que tan cerca ya se encontraban, sin pensarlo, abrí el frasco y vacié su contenido sobre mí, el líquido ya un tanto espeso fue bajando por mi cuerpo, mientras un olor ácido y asqueroso me llenaba la nariz, impidiéndome respirar, un golpe seco en la puerta del cuarto me heló la sangre, el momento había llegado, era hora de saber si funcionaba, hora de saber si era el fin.
La puerta siguió estremeciéndose, cada golpe era más duro y seco que el anterior, de alguna forma ellos sabían que yo estaba ahí, y de alguna forma yo sabía que no iban a buscar en otro lado más que ahí. Por un momento temí que mi olor hubiera delatado mi presencia, que el caldo que me había vertido encima no sirviera de nada, aunque lo hubiera probado con la misma persona de quien lo saqué, si tanta asquerosidad, dolor y esfuerzo habían sido en vano, entonces me merecía morir, y ellos se encargarían de darme mi merecido.
Los golpes seguían sacudiendo la puerta de madera, resistía bien, mas no podía decir lo mismo de las bisagras que la sostenían, poco a poco y con cada golpe se iban aflojando, hasta que llegó el punto en el que no soportaron más. La puerta cayó pesada y dura contra el piso acompañada de un sonido grave y hueco, un alarido ahogado lleno el cuarto, yo, de espaldas a ellos, apreté los ojos y los dientes tan duro como me era posible intentando no llorar, tenía miedo, tenía miedo a la muerte, escuchaba y sentía los paso detrás de mí, mi cuerpo trataba a toda costa de salir corriendo despavorido mientras mi mente hacia un esfuerzo sobrehumano por mantenerse por lo menos un poco estable para poder pensar en la forma de salir de ahí, si es que había una forma, di un paso lateral muy lento, apenas rozando el suelo, el que iba hasta enfrente volvió a gritar, y se lanzó contra mí. O eso pensé, en realidad se aventó contra el ropero, rasgando y mordiendo todo lo que tenía a su alcance, poco a poco los que tenía atrás fueron haciendo lo mismo, destrozándolo todo. Hasta ahora lo entiendo, nunca lavaba mi ropa, el agua era un recurso escaso que no podía darme el lujo de desperdiciar, por lo tanto mi ropa tenía toda la peste a mí, creo que por primera vez estoy tan agradecido de ser tan sucio, la trampa había funcionado.
Ninguno me notaba siquiera, era como si desde siempre yo hubiera sido uno de ellos, tenía una ventana de un par de minutos para largarme de ahí. Caminé tan lento como me era posible, tratando de imitar sus movimientos, era cierto que por lo menos por el aroma no me detectaban, pero no quería correr más riesgos de los que ya tenía encima. Los minutos parecían horas mientras yo me esforzaba por llegar a la puerta de salida, por muy raro que se oiga, a pesar de que estaba hasta el cuello de problemas, todo parecía estar bien. Puse mi mano sobre la manija  de la puerta y la giré muy lentamente, un pequeño chasquido y la puerta estaba abierta, aun no amanecía, pero la noche ya proyectaba las siluetas de por lo menos diez de ellos dentro del patio, esquivarlos no sería fácil pero tampoco imposible.
Ni siquiera di el primer paso cuando me detuve en seco: la computadora seguía en mi cuarto. Debí dejarla, sé que debí dejarla, pero no pude, de alguna forma me quede tan pegado a ella como si fuera la única persona que me hubiera escuchado durante tanto tiempo. No podía dejarla ahí, no con ellos. Regresé sobre mis pasos, de nuevo con una lentitud pasmosa que sólo servía para darle mayor suspenso al asunto. De la sala tomé una mochila vieja, pero en muy buen estado, la había encontrado dentro del auto que tenía estacionado en la calle de atrás. El ver la mochila hizo que una ola de sentimientos me atacaran: alivio, esperanza y un poco de ganas de gritarme lo estúpido que era por no haberlo pensado antes, el auto funcionaba bien, si llegaba a él podría largarme sin mayor problema, sólo había que llegar al auto. Seguí caminando con los brazos colgándome a los lados, tal como ellos lo hacían, entré a mi cuarto y hasta me di el lujo de empujar con el hombro a uno de ellos, poco a poco tenia más seguridad, de alguna forma la situación iba adquiriendo poco a poco ventajas que la hacían más favorable, llegué al escritorio y muy lento comencé a mover la computadora hasta que pareciera que la tiraba dentro de la mochila vacía, la cerré y me la puse, ahora si podía irme de ese lugar al que por tantos meses llamé mi hogar, no había tiempo de nostalgia, tenía que salir de ahí. De nuevo caminé a la puerta principal, pensé en salir por el portón y darle vuelta a la calle para tomar mi auto, usar la escalera de la barda era un riesgo innecesario. Atravesé el pasillo para llegar a la sala, ya casi terminaba y entonces… quedé frente a él.
Era un hombre, no más grande que yo, incluso teníamos rasgos similares. Estaba parado en medio de la sala, no se movía, ni un musculo, como esperándome,  sobre su ropa negra apenas y se podían distinguir unas cuantas manchas de sangre seca, sus labios partidos dibujaban una mueca muy rara sobre su cara, era como si quisiera contener una bestia que estaba a punto de salir por su boca; sus dientes, amarillos y parejos, daban la impresión de estar afilados, su figura completa me atemorizaba, aun así lo que más me daba miedo era la expresión en su rostro, era como si el odio hubiera tomado forma humana y el destino lo hubiera puesto frente a mí. Él, completamente quieto, y yo, comenzaba a temblar de miedo.
Los minutos pasaban y los dos nos encontrábamos parados el uno frente al otro, era como si el tiempo se hubiera detenido y estuviera decidido a no seguir más. Me tenía que ir de ahí, ya no podía esperar más.
Apenas levante el pie para dar el primer paso, cuando me di cuenta de todo. Era como si un rayo de lucidez me hubiera pegado de lleno en la cara: este no había caído en la trampa. Salté hacia atrás tan fuerte como me fue posible, el viento me tocó el rostro mientras escuchaba el pequeño silbido que hacían sus dedos al cortar el aire, había esquivado un arañazo que me iba a hacer tiras la cabeza entera. Corrí tan rápido como pude tratando de llegar a mi cuarto, no sabía exactamente que iba a lograr con eso pero en ese momento no podía pensar en nada más que en alejarme de él, ni siquiera había avanzado tres pasos cuando un empujón me aventó hacia enfrente, era mucho más rápido que los otros, antes de caer, pude detenerme en el borde del marco de mi puerta, usando mis brazos como resorte me impulsé con todas mis fuerzas tratando de seguir corriendo y pasar por un lado de él, la suerte me dejaba de sonreír, traté de esquivarlo, sentí como sus dedos se encajaban en mis costillas, quizás de no ser por la chamarra de mezclilla dura me habría atravesado la piel, aun así sentí como mis pies se despegaban del suelo por un momento y yo salía volando, hasta caer de nuevo en la sala, sentí como todo mi peso se recargaba sobre mi hombro doblándolo dolorosamente, mientras trataba de girar sobre mí mismo para reducir el impacto, la adrenalina que circulaba por mi sangre me hizo olvidarme rápido del dolor y pensar rápido en la forma de huir de ahí, me levanté como pude y corrí hacia la cocina, si eso no funcionaba, no habría forma de parar mi muerte.
Abrí la puerta de la cocina sin cerrarla y abrí la ventana que tenía a un lado, apenas y tuve tiempo para eso, cuando entró, de inmediato volteó hacia la ventana, se distrajo sólo un segundo, esa era mi oportunidad, arremetí tan fuerte como pude contra él, de pronto había sacado fuerzas de no sé dónde, el empujón había sido tal que antes de caer se había estrellado contra un pequeño refri descompuesto, haciendo que se balanceara, con lo poco que aun tenia de energía logré jalarlo y hacerlo caer sobre sus piernas. Al parecer me había funcionado, había comprado un par de segundos vitales. Salté por la ventana y llegué a la escalera que tenía recargada en la barda, subí tan rápido como mis piernas y brazos aun me lo permitían hasta llegar a la parte de arriba, apenas había puesto un pie sobre la barda, cuando el sonido de un estallido de vidrios llegó hasta mí, no me atreví a voltear hacia atrás, solamente había una forma de hacer las cosas, sin pensarlo salté desde la barda hacia el piso, eran más de dos metros de altura, aunque caí de pie, sentí  como los huesos se me estremecían completamente mientras el dolor en los talones se hacía insoportable. A duras penas pude llegar a la entrada de la casa de atrás, lo había logrado, el auto estaba a un par de metros.
Un sólo vistazo hacia atrás me hizo llenarme de terror: él estaba ahí, en el mismo patio que yo, a menos de un metro de la barda, a unos cuantos metros de mí, de nuevo, inmóvil, esperando el momento para acabar con todo. Era el fin, todo estaba perdido, al parecer era mi hora de morir, pensé en mi familia, ya era hora de reunirme con ellos, sé que suena totalmente loco, pero creo que ellos desde arriba me ayudaron. Estaba resignado a morir ahí mismo, lleno de cansancio agache la cabeza mientras las lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos impidiéndome ver bien, aún así, atravez de ellas pude verla: era un coctel molotov. El tiempo se detuvo un instante y mi cerebro comenzó a trabajar tan rápido como nunca lo había hecho. Sólo una molotov, no había más, el encendedor estaba en mi bolsillo, no se podía arrojar directamente, aunque se prendiera en llamas tardaría minutos en morir y sólo necesitaba segundos para alcanzarme, tenía una opción más, realmente esperaba que funcionara. Todo volvió a su curso normal, él seguía mirándome sin moverse, tenía que distraerlo para poder sacar el encendedor de mi bolsa. Levanté mi cara hacia él con una expresión de furia tratando de que no mirara a mi mano, y fue al mirarlo cuando me quedé petrificado. Sonreía… el maldito bastardo sonreía.
Tener el encendedor en la mano me hizo reaccionar, lo segundos eran justos y no podía tener el mas mínimo error, respiré lento por última vez, y tomé la bomba para salir corriendo, la encendí inmediatamente sin dejar de correr, a cada paso sentía como retumbaba el piso con las zancadas que daba mi perseguidor. Levanté la bomba por encima de mi cabeza y bajé el brazo tan rápido como pude, estrellando la molotov muy cerca de mí, justamente en la entrada, el fuego lo distrajo unos cuantos segundos más, dándome oportunidad de subir al carro y acelerar sin voltear un segundo. Aceleré dejándolo todo atrás, mi casa, mi cuarto, mi comida enlatada, mi bate, mis petardos, mi mascota sin dientes ni ojos, a la flaca de pelo oscuro, todo se quedó atrás.
Batería…5%
Ahora no sé qué voy a hacer, en mi intento por escapar me moví mucho hacia lugares que nunca había visto, el auto es útil, pero llama mucho la atención, no tengo a donde ir más que encontrar un poco de comida y volver a los cerros, al parecer es el único lugar más o menos seguro para tomar un descanso, no sé si sobreviva ahí, y no creo que la computadora sobreviva ahí, el mundo se acabó y yo junto con él.
Ahora, estoy sólo…muerto y sólo...

viernes, 10 de mayo de 2013

Diario del sobreviviente: Entrada 18


4 y media de la mañana, otra vez no pude dormir…
Puede sonar increíble, pero extraño a los fantasmas, extraño a los vampiros, brujas, hombres-lobo, aliens… ya estoy hasta la madre de ver muertos vivientes todos los días.
No sé porque carajo estoy escribiendo esto, tal vez nadie nunca lo lea, aun así no dejo de hacerlo, de alguna forma me sirve para no enloquecer. No, ya enloquecí, estoy casi seguro de eso, a ratos extraño a mi familia, a ratos me olvido de que hubo alguien más como yo en este planeta, la vida se vuelve más difícil y a esto no le veo fin. No sé qué voy a hacer.
Bueno por lo menos tengo un nuevo auto, se ve bien, tarde medio día buscándolo pero fue bastante satisfactorio el resultado, le cargué gasolina, le metí una mochila con víveres esenciales, e incluso lo limpie un poco, no sirve de nada pero me gusta más verlo así. Esta vez no cometí el error de estacionarlo frente a mi casa, lo puse cerca de la entrada de la casa de atrás, donde tengo el generador, ahí está más seguro.
La misma rutina de siempre, buscar comida y agua, buscar herramientas y piezas pequeñas de metal para los petardos, ir por gasolina, pasarla por encima de la barda y llenar botellas, frascos y el generador, alimentar a la mascota que tengo en la cocina de la casa de atrás, mirar a la chaparra de pelo negro y una mordida en el tobillo, sólo la veo, no puedo hacer nada más, alguna vez pensé en masturbarme por lo menos, pero en un mundo muerto donde luchas por sobrevivir mientras monstruos a los que antes les llamabas personas tratan de comerse tus intestinos hasta el sexo puede pasar a segundo plano, ahora sólo la veo y pienso, pienso en que hubiera pasado si la hubiera conocido antes, en que sería de mi si esto no estuviera pasando, en como carajo un mundo ya horrible se convirtió en algo peor, no importa, soy un hombre de apenas un poco más de 20 años que lucha por sobrevivir a la muerte sin saber por qué, esto no puede empeorar más, no me puede llevar más la jodida, quizás sólo matándome podría empeorar esto, a ratos eso ya ni me importa, para ser sincero, a ratos ya no me importa nada y no sé cuánto más pueda soportar el estar así, yo tenía una vida, tal vez como yo la quería, pero por lo menos era una vida en donde yo podía ir a dormir todas las noches tranquilo, sin estar asustado, sin huir, sin esconderme, sin tener que contarle mi vida a una computadora.
Supongo que tengo que levantar mi ánimo, el sol ya está saliendo, probablemente salga en un rato en busca de algunas plantas para decorar la casa después de todo la abuela solía decir que las plantas le dan vida a un hogar y creo que necesito…


ÚLTIMA ENTRADA DEL DIARIO DEL SOBREVIVIENTE… PRÓXIMAMENTE… 

jueves, 9 de mayo de 2013

Diario del sobreviviente: Entrada 17


De vez estoy más convencido: no es que yo quiera ellos se lo ganan… hicieron pedazos el primer auto.
Todo empezó antier, apenas unos días después de mi última anotación, fui a buscar algo de comer, no es que me estuviera muriendo de hambre, pero no me gusta quedarme sin provisiones, además ya no es tan fácil como al principio, este pueblo era casi desierto pero aun así había casas, y en ellas encontraba de vez en cuando comida, claro que me refiero a enlatados y cosas así, las cosas frescas me producen cierto temor, no sé cómo empezó esto pero si fue por comida infectada no quiero correr el riesgo tan estúpido, además, todo lo que no está en conserva ya está echado a perder desde hace mucho, pude haber guardado un poco en el refri de la casa, pero eso ya era algo totalmente inútil, en fin, digo que seguía buscando comida en lugares donde ya no había nada que saquear, tuve que salir cada vez más lejos, desde hace un par de semanas incluso cambiar de pueblo a los más próximos, claro que me encuentro con algunos en el camino, pero nunca han sido más de tres o cuatro, y poco a poco he agarrado buena técnica con mi bate de clavos, así que teniendo cuidado puedo avanzar incluso kilómetros, aunque no he llegado a dos según yo.
Chicharos, puré de tomate, granos de elote, duraznos en almíbar. Maldita sea lo que daría por una buena hamburguesa, unos tacos, me comería un maldito perro en una tortilla aunque quedara estreñido como una mula colombiana, pero eso no se puede, hay que conformarse con lo que uno tiene, si la vida te da limones haz limonada, ahora que si la vida te da un apocalipsis zombie, pues, creo que si estoy bien jodido. Eran unas 17 latas y yo cargándolo todo en una bolsa negra con un calor terrible, lo peor no era la temperatura si no que después de los 30 grados, el asfalto se calienta y el tapiz de tripas, sangre y demás órganos (juraría que vi un pene entre ellos) comienza a surgir un aroma totalmente asqueroso del suelo, ni un cubrebocas ayuda, encima de eso tener que caminar 2 kilómetros, se vuelve una pesadilla. Pues venia yo resignado a esto cuando me encontré con ese auto, no es que hubiera llegado sin buscar nada y encontrar el perfecto, de hecho en todo el camino de ida ya había pensado en opciones, aunque ninguna me había convencido totalmente, este tampoco, pero no puedes pedir mucho cuando estas en medio de la nada sin una concesionaria de autos último modelo a la vuelta de la esquina. Pues estaba relativamente decente, por lo menos tenía cuatro ruedas, un motor y transmisión automática, un color azul tenue y medio tanque de gasolina, parecía estar esperándome, con las llaves pegadas y todo, ni siquiera le costó encender. En unos cuantos minutos ya estaba yo dando vueltas en mi pueblo probando los frenos, las llantas, la dirección y todo lo que suponía que debía llevar un carro que pudiera considerarse manejable. creo que fue mi emoción por haberlo encontrado, o tal vez era que la tarde ya estaba a punto de acabar haciendo más difícil poder ver cualquier cosa en la oscuridad que comenzaba a cubrirlo todo, el caso es que los note cuando los tenia de frente a menos de 15 metros del cofre de mi nuevo auto, eran unos ocho, ningún problema, la reversa funcionaba de maravilla, por más que corrían llegue a casa con un margen de casi la mitad de calle, incluso baje lentamente del auto y camine hasta abrir la puerta de la casa, tenía suficiente tiempo para ir por el bate y unas cuantas molotovs, tal vez hasta un petardo, de paso servía que probaba una nueva forma de usarlos, maldita confianza me hizo caer en la lentitud, tardé tanto en darme cuenta.
Apenas había salido de la casa para dirigirme al balcón desde donde los atacaría, cuando escuché el primer golpe, fue seco y duro, los cristales habían resistido pero se habían estrellado completamente, de eso estaba seguro, incluso en ese momento me costaba trabajo entender que era lo que estaba pasando, fue hasta que subí al balcón donde me di cuenta de todo: los hijos de puta estaban haciendo pedazos el auto. Era como una bola de animales furiosos, golpeaban, pateaban y se arrojaban contra el auto sin importarles nada, no importó cuanto les grite o cuanto traté de llamar su atención, los desgraciados no hicieron caso hasta romper la tapa del cofre y hacer que de este saliera un humo gris muy fino. Lo sabían no entiendo como pero sabían lo que ese auto significaba para mí, y sobre todo yo sabía lo que significaba para mí.
Ni siquiera pude pensar, el coraje me tenía enceguecido, tenía ganas de salir y matarlos uno a uno, de alguna manera mi instinto de supervivencia me convenció de lo contrario, prendí la mecha de una molotov y la arroje tan lejos como pude, la suerte parecía una broma de mal gusto pues el bomba cayó exactamente en el parabrisas destrozado del carro, incendiándolo por completo, ahora si tenía su atención, ahora si los tenia debajo de mí, reclamando mi carne como buitres esperando a que su presa por fin muera para comer su carroña, bien… yo no era esa presa, prendí la mecha larga del petardo que tenía amarrado a una cuerda larga que pude hacer juntando varios metros de hilo delgado, la bajé poco a poco hasta que estuvo apenas un poco más arriba de sus manos estiradas, sólo espere un momento para escuchar el ruido ensordecedor de la pólvora, y los metales incrustándose en todo, el viento soplaba en pro, así que no tuve que preocuparme mucho por la caída de las piezas sobre mí, aun así me cubrí con el pedazo de lámina que antes era una puerta, no tuvo ningún impacto. Cuando por fin estuve seguro de que todo había pasado, me asome para ver a los cerdos infelices que tenía como invitados… todos inmóviles, tirados en el piso, con gran parte de las rondanas y tuercas metidas en sus cerebros inconscientes. Ocho de un solo tiro, esa era nueva. Los maté, y ellos me dejaron sin una forma de largarme de aquí…

lunes, 22 de abril de 2013

Diario del sobreviviente: Entrada 16


Vivir en el cielo sería más fácil. Sin responsabilidades, sin limpieza, sin recolectar comida, sin hacer bombas ni petardos, sin el hedor asqueroso que se mezcla con el aire, sin la sangre y las tripas secas en las paredes, sin llorar cada noche de desesperación y miedo, sin ellos, sin mí.
Toda la tarde me la pasé pensando en estas cosas mientras llenaba botellas y frascos con gasolina, sentado en una piedra en el patio del generador, cruzando mis pensamientos con las imágenes que me devolvía la luz del atardecer y el débil sonido que venía de la cocina producido por mi huésped involuntaria. Ya la trato mejor, después de todo creo que se lo merece, las heridas de las encías ya le sanaron, camina libremente en un corral que improvisé para ella, básicamente puse una mesa lo suficientemente grande como para que no pudiera pasar a la puerta de salida, la ventana fue tapada con una madera atravesada, por lo menos la luz todavía entra en la cocina, no creo que ella lo aprecie mucho, después de todo, ya no tiene ojos, para ser honestos, ya no tienen muchas cosas: ni ojos, casi ningún diente (más que las muelas de atrás, hasta allá no llegaron las pinzas), en las manos tiene trapos amarrados, además como tardo a veces días en darle de comer, se mantiene más o menos débil. Creo que soy el responsable de su condición actual, aunque por otro lado yo no la convertí en un zombie, aun así me siento responsable de ella, por eso la alimento, aunque sea con carne medio podrida que encuentro en las casas y que desde el principio no quise comer por el miedo a que también estuviera infectada. Tal vez debería ayudarle un poco más pero supongo que ya no hay nada más que hacer por ella, a veces le arrojo un poco de agua para limpiar la mugre y la mierda, pero creo que eso lo hago más por mí que por ella.
He estado reflexionando acerca de mi situación actual, cada vez me doy más cuenta de que pronto todo esto se acabara: el depósito de gasolina tarde o temprano se agotará, ya he acabado con buena parte de la pólvora del mercado de cohetes, lo peor de todo son los recursos, ya terminé con todo lo útil de este pueblo, no tardara mucho para que pase lo mismo con el siguiente, hay otro casi pegado, pero ir más lejos implica un mayor peligro, no estoy seguro de querer eso ahora. A mi parecer, lo mejor será conseguir un vehículo, un auto estaría bien, así, en cuanto vea que la situación no se puede aguantar más, me largare de aquí, a fin de cuentas, deben existir más pueblos como el de Juan no muy lejos de aquí, el problema será encontrar un buen auto.
No faltaba mucho para que la noche cayera por completo y yo seguía llenando botellas a lo inconsciente, tantas que de pronto ya no pude cargarlas, tuve que dejar unas cuantas ahí, ya después tendré que regresar por ellas.
Mi flojera me obligó a hacer algo para ya no tener que darle la vuelta a la cuadra y llegar al patio de atrás, implementé un sistema muy sencillo, un par de escaleras encontradas que me permitían pasar por arriba de la barda, es fácil, puedo cruzar de un lado a otro sin ningún problema, si quiero pasar gasolina o herramientas de un lado a otro, lo único que hay que hacer es amarrar un lazo hecho de retazos de tela a una cubeta y así poder subir y bajar prácticamente lo que fuera, por lo menos cosas pequeñas. Después de hacer lo que se tenga que hacer, sólo subo la escalera del patio del generador a la barda y así me aseguro de que ellos no me pillarán por sorpresa, un sistema fácil, pero efectivo.
Debo encontrar el auto y no tardar mucho en hacerlo, de seguir así, mí tiempo, no sólo en este pueblo sino también en el mundo, terminará pronto…