CAPITULO I
Garibaldi, 5:00 de la mañana. El primer día de mi nuevo trabajo, me costó mucho esfuerzo volver a empezar, vivir otra vez. Nunca me atreví a regresar a mi antiguo empleo, mis cosas fueron enviadas a los pocos días e inmediatamente las queme. Mi empleo, mis cosas, de nada me sirve tenerlos, solo atraen malos recuerdos, solo atraen visiones del pasado. Es increíble, ya han pasado 2 meses y aun lo recuerdo todo nítidamente: Era de noche, volvíamos de ver una película en el cine, éramos felices, un tipo nos detuvo, saco una pistola, creí que era de juguete, me pidió mi cartera y reloj, no se los di, forcejeamos… Aun recuerdo las palabras de mi novia que entre llanto y gritos me decía: “ya, déjalo, por favor, déjalo que se la lleve, TE AMO…”, se escucho una explosión, como si una bomba atómica nos hubiera caído encima.
Silencio.
Sentí como se detenía el tiempo al ir cayendo lentamente su cuerpo hasta estar totalmente tendida en el piso. Miles de pensamientos inundaron mi mente.
Si no hubiéramos ido al cine, si hubiéramos visto una película más larga o más corta, si no hubiéramos regresado caminando, si le hubiera entregado al sujeto lo que quería. En mi cartera no tenía ni siquiera quinientos pesos, el reloj no valía mucho, pero mi maldito orgullo puso más que mi razón y ahora el ser que más he querido en este mundo está muerto.
Garibaldi, 5:00 de la mañana. El tren de la primera corrida está totalmente vacío, eso no me sorprende, no muchos toman esta línea, y menos a las 5 de la mañana, pero si ese es el precio que tengo que pagar para no volver a la antigua oficina, supongo que está bien. Abordo el tren y tomo asiento en uno de esos lugares para discapacitados, cierro los ojos y me quedo un momento dormido. De pronto me despierta un salto un salto del vagón, no perdí mucho, solo el sueño, pero ya hace mucho que lo perdí, el tren sigue en movimiento y yo trato de despejar mi mente, muchos recuerdos, mucho dolor.
Una corriente de aire frio roza mi mejilla, debieron dejar una ventana abierta, la busco para poderla cerrar… y mis ojos se encuentran con los suyos…
Es una chica, quince, tal vez dieciséis años de edad, que raro, nunca la vi subirse, supongo que mi mente está demasiado saturada para captar lo que me rodea, no importa, tal vez ella tampoco se había dado cuenta de mi presencia. Después de unos instantes de verme se levanta de su asiento, tiene una cara hermosa, aunque su ropa deja mucho que desear, por su vestimenta cualquiera diría que saqueó el armario de su madre, le presto demasiada atención a sus prendas, tanta que no me doy cuenta de su mirada fija en mi, sus ojos negros, contrastados en su cara que, aunque morena, se ve pálida, penetran cada fibra de mi ser, no deja de caminar hacia mí, sus ojos no dejan de verme, me estremezco, no soporto esa mirada, esos ojos; su sola presencia que hacia un momento me parecía linda, ahora me provoca terror, abre su boca, al parecer trata de decirme algo, pero las palabras no le salen y es entonces cuando me percato de algo…
Aun no hemos llegado a la siguiente estación, cuánto tiempo habrá pasado? Tal vez ya más de diez minutos. El tren nunca se dejo de moverse o por lo menos eso es lo que yo pienso, ya no tengo conciencia del tiempo, por ahora toda mi atención está centrada en los ojos de ese chica y en sus labios, que, aun estado abiertos, no pronuncian palabra alguna. Y por fin la oigo, pero la oigo en mi mente, su boca está abierta, pero no dice nada, mis oídos no escuchan nada, es como si solo oyera pensamientos, siento sus palabras en mi cabeza: “tu final…es tu decisión”, mi sangre se hela, mi corazón late muy rápido y muy fuerte, la boca me sabe raro, mis ojos se nublan, no siento los brazos, mis piernas tiemblan y por fin, en un acto de misericordia de mi propio organismo, me desmayo…
No hay comentarios:
Publicar un comentario