viernes, 6 de julio de 2012

Diario del sobreviviente: Entrada 3

Han sido días tranquilos, no hay nuevas manadas, las alacenas están llenas de suministros, no he tenido que ir a ver el generador, dudo que necesite combustible, hace poco llene los tanques, no me arriesgare a ir muy lejos, no por ahora. Por lo menos tengo más tiempo para recordar.

Nadie podía controlarlos, o por lo menos eso fue lo que vi, por lo menos eso fue lo que oí. Desde la ventana de mi edificio podía ver el caos que en el que se había vuelto el mundo, con mi padre y mi tío muertos en el piso lo único que pude hacer fue ir por mi hermano a su cuarto, dio un salto cuando abrí la puerta gritando apenas y tuvo tiempo de vestirse mientras yo trataba de juntar lo indispensable en una mochila, comida, agua, una lámpara y unas pinzas de esas que tienen varias herramientas en el mango. Tenia el celular en bolsillo izquierdo de mi pantalón y el tiempo se me acababa. Mi hermano se había puesto apenas los tenis cuando entré por él. Al momento en el pasamos frente al comedor, se detuvo atónito, no podía creer que el repulsivo caldo de sangre, intestinos (y carne apenas pegada a los huesos), estuviera ahí, que fuera su papá, su tío con una masa amorfa en vez de cabeza, creo que yo me hubiera quedado igual, en fin, tomé su hombro y lo jalé fuertemente hacia la salida, revisé el pasillo esperando el momento en el que pudiéramos salir con seguridad, ese momento nunca llegaría. Aun recuerdo que le eché una última mirada a la calle a través de la ventana, una parvada gigante cubría una parte del cielo, parecían ser pichones.

Salimos corriendo a toda velocidad entre cientos de personas que, al igual que nosotros, huían de la muerte que había tomado la forma de sus familiares, amigos, conocidos. Aun recuerdo el rostro de esa mujer, que con la boca llena de sangre me tiró contra la banqueta, su aliento nauseabundo llenaba mi rostro, mientras sus dientes se acercaban a mi cara solo detenidos por mi mano en su frente, pudo haberme mordido, pero mi hermano la tomó por los cabellos y la separó de mi el tiempo suficiente para que los dos pudiéramos ponernos en marcha de nuevo, no sabíamos que hacer, así que pensamos en alcanzar a mi madre en su trabajo. Ese fue nuestro peor error…

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